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Bitcoin tal cual semanal · Edición 009

Dos maneras de estar quieto y solo una es tuya

Julio dejó el gráfico casi horizontal, pero debajo de esa línea plana hay quien no movió sus monedas porque no le hacía falta y quien no pudo moverlas porque nunca fueron del todo suyas.

Por Luki · 31 de julio de 2026 · Lectura larga · Alba.City

Faro naranja sobre un mar oscuro de líneas de mercado en calma

Hay un cajón, en alguna casa, donde alguien guardó unas monedas en 2013 y no ha vuelto a abrirlo. Julio ha sido el mes de ese cajón. El precio apenas se movió, el volumen se secó y las monedas antiguas se quedaron donde estaban. Pero en la misma semana en que unos decidían no abrir el suyo, otros descubrieron que el cajón donde tenían sus bitcoin lo abría un tercero, y que ese tercero podía cerrar, quebrar o dejar entrar a un ladrón.

Esa es toda la historia de estos siete días. Dos formas de quietud que se parecen en el gráfico y no se parecen en nada.

La plaza a la hora de la siesta

El mercado de bitcoin llevaba semanas explicándose con una excusa cómoda: una muralla de contratos de opciones que supuestamente tenía el precio atrapado. La excusa se cayó sola. Venció dos viernes seguidos y el precio hizo cosas opuestas cada vez, primero subir y después bajar, como contó Andjela Radmilac en CryptoSlate. Saber en qué resultado ha apostado más gente no cambia el partido. Solo te dice quién estará contento el domingo.

Lo que sí explica la calma es mucho más aburrido: no hay nadie en la plaza. La compraventa diaria al contado ha promediado 2.200 millones de dólares en julio, el nivel más bajo desde 2023, según la firma de análisis K33 Research recogida por Cointelegraph. En una sola casa de cambio se ve todavía mejor: Binance movió unos 35.000 millones de dólares en julio frente a los 246.000 millones de noviembre de 2024. De cada siete dólares que se movían entonces, hoy solo queda uno encima de la mesa.

Conviene entender qué significa eso para un precio plano. No es que haya una avalancha de vendedores a la que nadie responde. Es que no hay casi nadie a ningún lado. Con el mostrador vacío, cualquier empujón pequeño mueve mucho. Un mercado sin gente no es un mercado roto: es un mercado esperando a que alguien entre por la puerta.

Ilustración de una línea de precio plana sobre un fondo oscuro con un resplandor naranja
Julio dejó el gráfico casi horizontal. Debajo de esa línea quieta pasaron dos cosas muy distintas.

El cajón que se elige no abrir

La primera quietud es la buena. El bitcoin que llevaba años dormido y vuelve a circular está en mínimos de cuatro años, según los cálculos de Alex Thorn, responsable de investigación de la gestora Galaxy, publicados esta semana. La medida que pondera más las monedas antiguas bajó en paralelo. Traducido a algo que se pueda tocar: los cajones viejos siguen cerrados.

Se puede vender por miedo. Se puede vender por necesidad. Se puede vender por puro cansancio. Esta vez no ha pasado ninguna de las tres cosas, y eso es lo llamativo. Los picos anteriores de este mismo indicador coincidieron siempre con veteranos recogiendo beneficios. Ahora dice justo lo contrario. Quien compró hace años ha dejado de vender.

La quietud del que puede esperar no se parece en nada a la quietud del que no puede moverse. Es la diferencia entre no abrir el cajón porque no te hace falta y no abrirlo porque la llave la tiene otro. En el gráfico las dos se ven igual de planas.

La compra de rellano

El viernes llegó el ejemplo perfecto de la segunda. Banco Santander declaró ante el regulador estadounidense 129.615 participaciones del fondo de bitcoin de BlackRock, valoradas en 4,3 millones de dólares: su primera posición en bitcoin, una línea entre otras 928. La cartera declarada suma 16.078 millones. Sale a uno de cada 3.726 dólares. Si esa cartera fuese una nómina de 2.000 euros, el bitcoin serían cincuenta y cuatro céntimos.

En ese mismo papel hay 220,9 millones de dólares repartidos entre dos fondos de oro. Por cada euro que el banco tiene en bitcoin, tiene cincuenta y uno en metal. La proporción cuenta la convicción mucho mejor que el titular. Y a esto hay que ponerle nombre, porque va a repetirse muchas veces en los próximos trimestres: es una compra de rellano. Abres la puerta, asomas la cabeza, y no pasas.

Ray Dalio hizo el jueves la versión personal de ese gesto. El fundador de Bridgewater Associates, el mayor fondo de cobertura del mundo, reconoció que mantiene bitcoin en el 1 % de su patrimonio. Y que sigue prefiriendo el oro: «es un tipo de dinero que no se puede imprimir, pero hay tecnologías que pueden dañarlo». Lleva seis años diciendo alguna versión de esa frase. En seis años ha pasado de cero a uno. Despacio, pero siempre en la misma dirección.

Hay una diferencia que casi nadie explica en español y que separa estas compras de las tuyas. Lo que un banco mete en su balance son participaciones de un producto que alguien custodia por él. No hay llaves. Hay un asiento contable con la palabra bitcoin escrita al lado. Es la escritura de un piso que nunca vas a pisar: el papel dice que es tuyo, y el portal lo abre otro cuando le parece.

Ilustración de varias puertas financieras iluminadas y una llave naranja separada en primer plano
La compra de rellano: exposición al precio, sin una sola llave que abra nada.

El cajón que nunca fue tuyo

Y luego está la semana de los que sí querían mover sus monedas y no pudieron. Poolin, uno de los pooles de minería más veteranos del mundo, se acogió al Capítulo 11 de la ley de quiebras estadounidense para reordenar sus deudas después de años arrastrando problemas de liquidez. Un pool es donde muchos mineros pequeños juntan su fuerza y esperan el reparto; cuando el pool tropieza, ese dinero en tránsito se queda en el aire. La red no falló ni un bloque. Falló la empresa que se puso en medio.

BitMEX, el exchange de derivados más veterano del sector, anunció que echa el cierre tras once años y pidió a sus usuarios que retiren los fondos. Avisar y dar plazo es la parte buena. La otra parte es que hubo que avisar a alguien. Quien ya tenía sus bitcoin bajo sus propias llaves no tuvo nada que retirar con prisas.

Peor fue lo de la firma de pagos Triple-A. Vio vaciarse sus monederos conectados a internet por unos 11,8 millones de dólares, y los depósitos nuevos seguían entrando y desapareciendo más de treinta horas después del primer aviso, como contamos el lunes. Un monedero conectado es la caja del mostrador, no la caja fuerte. Sirve para operar rápido. Por eso está expuesto.

El caso más doloroso, sin embargo, no necesitó ni empresa ni quiebra. Tres personas demandaron a Apple el 24 de julio tras perder 1,8 millones de dólares al descargar de la App Store copias falsas de Sparrow, un programa que solo existe para ordenador y que nunca ha tenido versión para iPhone. Escribieron sus doce palabras y se quedaron sin nada. Kaspersky había identificado en abril veintiséis aplicaciones que suplantaban marcas conocidas de monederos dentro del ecosistema de Apple.

La tienda de aplicaciones lleva años vendiéndose como el portero que revisa quién entra en tu teléfono. Según el relato de la demanda, el desarrollador legítimo llevaba dos años denunciando las imitaciones. Lo tuvo más difícil para publicar un aviso que los impostores para publicar la copia. El portero saludó al ladrón. Y ninguna de esas monedas se movió sola: las movió su dueño, convencido de que estaba en su casa.

Ilustración de una llave naranja frente a una caja fuerte ajena, símbolo de la diferencia entre exposición y custodia
Un pool que quiebra, un exchange que cierra, una caja del mostrador vaciada y una tienda que dejó pasar al impostor: cuatro maneras distintas de perder monedas que no guardabas tú.

Lo que no se puede borrar por decreto

En medio de todo eso llegó la noticia que mejor explica por qué existe Bitcoin, y no llevaba un símbolo de dólar delante. La agencia india de cibercrimen dio a GitHub tres horas para eliminar los repositorios de Bitchat, la aplicación de mensajería que funciona por Bluetooth entre teléfonos cercanos, sin servidores y sin cuentas, en plena ola de protestas en Delhi. Pocas horas después el código estaba copiado en otro sitio.

Retirar una aplicación de una tienda limita su distribución. Intentar borrar su código fuente es querer matar el proyecto entero, y no funciona cuando ese código vive replicado en miles de máquinas. Es exactamente la propiedad que hace valioso a Bitcoin. Un país puede cerrar un exchange, igual que puede presionar a una plataforma. Lo que no puede es apagar algo que no está guardado en ningún sitio concreto. Ahí está la asimetría de la semana: lo que otro custodia por ti se lo pueden quitar. Lo que no custodia nadie, no.

La empresa que dejó de comprar

La tercera quietud de la semana es la más comentada y la más difícil de leer. Strategy, la mayor tesorería de bitcoin del mundo, encadena cinco semanas sin comprar una sola moneda mientras su reserva en dólares ha subido hasta 3.750 millones, según sus propios envíos al regulador. Con ese dinero podría comprar hoy unos 59.000 bitcoin, casi un 7 % de todo lo que ya guarda. No lo hace.

El motivo declarado es doméstico: esa reserva paga los dividendos de sus acciones preferentes y los intereses de su deuda. Es la diferencia entre el dinero con el que inviertes y el que apartas para la letra del coche. Y la letra ha subido, porque a finales de junio la compañía elevó al 12 % anual el dividendo de una de sus clases de acciones. Cuanto más cara sale la letra, más gordo tiene que ser el sobre que se aparta.

A su favor hay que decir algo que casi ninguna empresa hace: ha publicado el umbral a partir del cual tendría problemas. Calcula que bitcoin podría caer a un ritmo sostenido del 11,34 % anual durante los 5,79 años de duración media de su deuda antes de que la cobertura baje del punto crítico. Por debajo de ahí, admite, tendría que plantearse reestructurar, según su propio panel. No es un botón de pánico ni una liquidación automática. Es un número que conviene tener apuntado si alguien compra esas acciones creyendo que es lo mismo que tener bitcoin. No lo es.

Fuera, el precio del dinero cambió de dirección

Todo lo anterior pasó bajo un techo que se movió el miércoles. La Reserva Federal dejó los tipos entre el 3,5 % y el 3,75 %, pero su comunicado se aprobó por nueve votos contra tres, y los tres que votaron en contra querían subirlos un cuarto de punto. Durante cuatro años el mercado ha dado por hecho que el siguiente movimiento sería hacia abajo. Tres personas del comité acaban de firmar lo contrario.

Kevin Warsh, que dirige la institución desde mayo, no dio ninguna pista sobre septiembre y sí dejó claro que no tiene «ninguna tolerancia» con una inflación que lleva más de cinco años por encima del objetivo, en una rueda de prensa deliberadamente opaca. En Fráncfort la mecánica va en el mismo sentido: el Banco Central Europeo mantiene tipos pero sus carteras de bonos siguen encogiendo, y solo en julio vencían unos 51.753 millones de euros que ya no reinvierte. Esa deuda tiene que comprarla alguien, y para que la compre hay que pagarle más.

Un tipo de interés es el alquiler del dinero, igual que el interés de tu hipoteca. Cuando el depósito aburrido del banco renta por encima de la inflación, cada euro que se queda ahí es un euro que no entra en Bitcoin. Se nota en los fondos cotizados, que encadenaron cuatro sesiones de salidas por 526 millones de dólares, unos 459 millones de euros. Conviene ponerlo en escala. Esos mismos fondos custodian 77.200 millones, así que lo salido en cuatro días no llega al 1 % del total. El dinero no huye. Se queda quieto.

Y mientras el techo se movía, Bitcoin cambió de compañía. Su correlación diaria con el índice S&P 500 cayó al 0,12 en el segundo trimestre, cuando a finales de 2025 estaba en 0,58; con el Nasdaq se quedó en 0,21. En cambio, su relación con el oro subió al 0,57 y con la plata al 0,63, según el informe conjunto de Coinbase Institutional y Glassnode. Durante dos años, cuando el Nasdaq estornudaba, Bitcoin cogía la gripe. Este trimestre dejó de cogerla.

Ilustración editorial de bancos centrales y dinero digital en tonos oscuros con acento naranja
Tres votos por subir tipos en Washington y una cartera que encoge en Fráncfort: el viento en contra que explica un precio plano mejor que cualquier muralla de contratos.

Una práctica para esta semana

La red está más vacía que el mercado, y eso juega a tu favor. Una transacción se confirma pagando entre uno y tres satoshis por byte virtual, según el estado de la red: una autopista despejada con el peaje casi a cero. Si llevabas meses posponiendo mover tus monedas al sitio donde mandas tú, este fin de semana no hay cola.

  • Descarga el programa desde la web oficial del fabricante, escribiendo la dirección a mano. No desde el primer resultado del buscador ni desde una tienda de aplicaciones sin comprobar antes quién lo publica.
  • Antes de mover el grueso, envía una cantidad pequeña a tu monedero, comprueba que llega y practica la recuperación. Los errores caros ocurren casi siempre por ir con prisa la primera vez.
  • Ninguna aplicación legítima te pide tus doce palabras para verificar nada. Ni la del monedero físico, ni la billetera del móvil, ni el soporte de nadie. Quien las pide se lleva las monedas.
  • Comprueba que la dirección a la que envías es la tuya leyendo los primeros y los últimos caracteres en la pantalla del monedero físico, no en la del ordenador.
  • Ten la frase semilla en papel, en un sitio que solo tú conozcas, y nunca en una foto, un correo o una nota del teléfono.
  • Distingue la caja del mostrador de la caja fuerte: deja conectado solo lo que usas a diario y guarda el resto sin conexión.
  • Alba.City nunca te pedirá tu frase semilla, tus llaves privadas, tus códigos ni un pago urgente por mensaje directo.

Si empiezas de cero, el orden lo explicamos con calma en la guía de autocustodia y en la de seguridad frente a estafas.

Esta semana el precio no dijo nada, pero la custodia lo dijo todo: unos no movieron sus monedas porque no les hacía falta, y otros no pudieron moverlas porque nunca fueron suyas del todo.

Julio termina con el gráfico casi horizontal y con dos historias que caben debajo de esa misma línea. Arriba, un banco que compra cincuenta y una veces más oro que bitcoin, una empresa que apila dólares para pagar su letra y unos fondos que respiran hacia dentro y hacia fuera sin despeinar a nadie. Abajo, un pool en quiebra, un exchange cerrando, una caja del mostrador vaciada y tres personas que escribieron sus doce palabras en la aplicación equivocada.

El cajón de 2013 sigue cerrado, y sigue siendo el único de toda esta historia cuya llave no depende de nadie. Esa es la parte que ningún gráfico plano puede contarte: no cuánto vale hoy tu bitcoin, sino quién puede abrir el cajón.